DANIEL ALONSO (*). “Volvamos a construir fábricas en nuestros países. Negociemos con China un nuevo orden mundial…”

MADRID. No digo nada nuevo reincidiendo sobre los ingentes déficits que están haciendo a las economías y a los bolsas tambalearse sobre una cuerda que más que floja ha pasado a ser una finísima cuerda invisible y más imaginada que real. La Unión Europea (UE) que tiene tan poco de unión como de europea se mueve a la deriva capitaneada por una Angela Merkel absolutamente incapaz.

Es una realidad no que vaya a llevar sino que ha llevado a la zona euro y a la moneda de la región a un descrédito irreparable. Y no me tomen como otros de esos vendedores de best seller que pronostican la desaparición del euro o el derrumbamiento definitivo de España o Italia. Con irreparable quiero decir que el euro tendrá un valor casi ínfimo con respecto al dólar o con cualquier otra moneda de un entorno económico más estable y, sobre todo, más organizado que el zafarrancho de combate ingobernable en el que se ha convertido Europa. Tampoco me atrevo a decir que el euro no vaya a desaparecer y que Italia y España no hagan en un futuro un default sobre su deuda. Más bien me decanto a pronosticar que hay más posibilidades de que esto ocurre a que no pase nada.

Europa ya empezó con mal pie y por culpa, lo digo abiertamente, de Alemania y Francia en la entrada al euro. Alemania y Francia se saltaron muy a la ligera las obligaciones económicas convergentes, que fueron establecidas y señaladas como obligatorias para acceder el euro. Parece mentira que un español pueda afirmar esto, pero me atrevo a titular con absoluta rotundidad que el nacimiento del euro ha sido la primera gran chapuza alemano-francesa del siglo XXI. Lo peor es que el siglo acaba de comenzar, por lo que con casi toda seguridad tendremos que soportar alguna más.

No me voy a poner a hacer un repaso del siglo XX porque esta metedura de pata no tiene nada que ver con tiempos pasados, pero la ambición germano-francesa, más germana que francesa en este caso, también ha sido el denominador común en este monumental desatino de finales de siglo XX y principios de siglo XXI.

En la década de los 80, Alemania se encargo de vender la reunificación de las dos alemanias y la amplificación de la Europa Central con la Europa del Sur como un movimiento pacificador, unificador y reconciliador. Eran los nuevos redentores de un mundo que, autoflagelándose demasiado -según mi opinión-, reconocían haber impulsado al abismo cincuenta años antes. La realidad es que voces no demasiado autorizadas oficialmente, pero sí intelectualmente, ya se atrevían a adivinar otro transfondo bien diferente.

SIN ESTRATEGIA COMÚN

“¡Cuidado!” alertaban estos economistas ‘desatinados”, el propósito es otro y la UE no es un entorno tan bucólico y pastoril como se trata de explicar. Alemania tiene un crecimiento económico plano y una demanda interna decadente, por lo que solamente están buscando mejorar estas dos variables económicas de forma desesperada. Sin embargo, el eje franco-alemán carece de una estrategia común y necesaria.

Además, concluían estos agoreros sin cuño y letra, acometer una reunificación económica sin poder aplicar una política monetaria propia y sin una moneda local tendrá unas consecuencias catastróficas en un futuro muy próximo. Pero eso eran manipulaciones sin sentido. Más propias de judíos o anglosajones con ganas de reventar la zona euro, que de análisis objetivos. Por lo menos, este era el discurso que se ofrecía desde el corazón de centro europa.

Pues bien, la recién creada UE haya por la década de los 90, abrió el grifo del crédito en el sur de Europa. Además, se inicio un aluvión de subvenciones para las zonas de reciente incorporación a la zona euro absolutamente descomunal, con el agravante de no someter a estos países ‘sureños’ y mediterráneos a ningún tipo de control presupuestario. Para colmo de males, en este caso -concretamente Alemania y de forma absolutamente decidida- comenzó una traslación de sus fábricas industriales al este de Europa donde, por cierto, no había moneda euro para reducir sus costes productivos de forma escándalosa sin reparar en futuros problemas.

Por supuesto, este incremento de su crecimiento económico tendría unas consecuencias -desde mi punto de vista- catastróficas. En primer lugar, su sistema bancario quebró literalmente dando todo el crédito hipotecario e industrial de Europa y tomando bonos griegos hasta la saciedad. Sin embargo, el paraiso oficial de Europa, Holanda, tomaría el relevo como la banca de la industria germana, permitiendo a Alemania mantener unos crecimientos económicos extraordinarios; de la misma forma que lo siguen haciendo los países del este de Europa y los de sus aliados del norte, los países escandinavos.

EL MILAGRO DE P. TINTO

Mientras tanto en el sur de Europa observamos que todo lo que tenemos, nuestros bienes básicos y de consumo adquiridos recientemente, tiene un sello único y común, ‘made in Germany’. Nos han vendido BMW, Mercedes, Porsche, materiales de construcción, de energía, Bosch, Siemens, SAP y un largo etcétera, para -por fin- poder hacer crecer a su economía. No olvidemos que en el verano de 2005, en pleno crecimiento español, Francia y Alemania entraban en recesión. “¡Qué raro!”, afirmábamos entonces. “El milagro español” decían algunos sacando pecho y publicando libros sobre el milagro de P. Tinto.

Pero, por desgracia, ni había milagro, ni nada parecido. Más bien todo lo contrario. Ahora nos encontramos tanto a los finlandeses como a los países del Este de Europa, Holanda y Alemania diciéndonos -a los del milagro-, que ellos no rescatan a Grecia. Mientras tanto observamos atónitos a expresiones de esta índole: ¡Ese será el fin de España, Italia y luego de Francia!” Así exclamó un impresionado Sarkozy por los acontecimientos. No hay más cera que la que arde.

Mientras tanto, los países anglosajones siguen sin entender demasiado lo que está pasando en Europa. Exijen una resolución contundente asistiendo atónitos a una parálisis que asusta. Los alemanes piden reformas constitucionales determinantes en la contención del gasto y en la pérdida soberana a favor de una gobernanza germana. Si esto llega a buen puerto, seguirán vendiendo -algún BMW, Siemens, SAP-, pero siempre dentro, ahora sí, de un rigor presupuestario y de un modesto crecimiento que además no atemorizará nunca su ‘psicosis’ inflacionista.

Por el contrario, si esto no sucede asistirán de forma fría y cruel, como hasta ahora han hecho, a ver como se muere Europa junto al euro. Mientras celebran con una media sonrisa como su bund a 10 años sigue cotizando a 1,75% de TIR. ¿Les puede interesar a los alemanes poner fin a la crisis europea financiando su deuda a estos precios?. La contestación es rotunda: NO. Les aterra el crecimiento imperable de la inflación.

Tampoco me gustaría proyectar toda la culpa sobre Alemania de una manera unilateral. No son los únicos culpables de todo estos desmanes que se han producido en Europa y en el mundo. Hemos de ser sinceros y destacer que nadie en la periferia europea se quejaba de los alemanes y de los franceses al iniciarse la Unión Europea, más bien sucedía todo lo contrario. Nos jactábamos de ser europeos y veíamos el enorme avance de nuestra economía, infraestructuras y calidad de vida como algo realmente positivo. Nadie reparaba en analizar la realidad y la ficción de nuestro crecimiento. Todo iba a las mil maravillas y no poníamos reparos de la barra libre que desde Alemania y Francia se estaba dispensando.

‘INDIGNOS’ ECONOMISTAS

Por otro lado, y saliéndonos de la zona euro, hemos de reconocer como todos hemos asistido estupefactos a la ‘huida’ en masa del capital occidental hacia China, liderando este movimiento migratorio los Estados Unidos. También es una realidad que se han sumado de forma masiva todas las naciones de occidente a este capitalismo atroz y a una globalización salvaje que tan sólo otorgaba, esa era, por lo menos, la percepción que reinaba, oportunidades y pingües beneficios.

De esta forma, las naciones ricas del mundo y sus multinacionales reducían sus costes productivos de una forma brutal y estiraba sus plusvalías a unas cotas inigualables. Sin embargo, algunos ‘indignos’ economistas advertían del enorme peligro y la posterior repercusión que estas medidas tendrían sobre la mano de obra de las naciones occidentales y de la caída, tan enorme, que este hecho tendría sobre la demanda interna. Estas voces absolutamente ‘desautoriazadas’ eran acusados de trasnochados que carecían de argumentos sólidos en materia económica.

Pero, ¿qué terminará ocurriendo en todo este desbarajuste en el entorno económico mundial?. Desde mi punto de vista, la solución que se impondrá debería acercarse bastante a la siguiente. En la actualidad, todos los políticos, economistas y la sociedad en general, nos quejamos amargamente de lo mismo: “no somos capaces de crear puestos de trabajo”, manifestamos cabizbajos y ‘empequeñecidos’. “Lógico, nos hemos llevado las fábricas de nuestros países al nuevo sueño chino”, señalamos amargamente y casi con resignación.

Pero la realidad es que ‘No, we can’t‘. Así, no se puede. No queda otro remedio que cambiar el orden político y la estructura económica mundial de una manera decidida. Si esto no sucede jamás encontraremos una salida a esta ‘Gran Recesión’. Hablando claro la solución debe ser drástica y me pueden creer es una solución absolutamente rudimentaria y básica.

Concretamente hace tres semanas, mi hijo Pablito de 6 años, entrometiéndose fugazmente en una conversación entre amigos, que no era de su competencia, la ofreció de una forma absolutamente natural y sin una sesuda reflexión, se lo aseguro: “Pues que se vuelvan a traer las fábricas de la China. ¡Es muy fácil!”, afirmó casi mofándose de nuestra filosofal conversación.

RETORNO AL PROTECCIONISMO ECONÓMICO

Pues eso, ¡traigamos las fábricas de China!. Volvamos a construir fábricas en nuestros países. Negociemos con China un nuevo orden mundial. Una nueva estructura que ésta condenada a estar organizada, separada por divisiones y que socialmente se acerque, más o menos, a lo que la sociedad occidental está acostumbrada a tener. Es decir, la necesidad de trabajar y de tener un mínimo estado de bienestar.

Para llegar a este punto, deberíamos plantear un mundo con cuatro o cinco zonas económicas con unos 1.000 millones de habitantes en cada una de ellas. Con las mismas monedas que el número de zonas geográficas o similar. En definitiva, estamos condenados a resolver las crisis como siempre se empiezan a resolver este tipo de crisis con una vuelta atrás, un retorno al proteccionismo económico. Con medidas de este tipo y calado, nos seguraríamos el mantenimiento de una demanda interna suficiente para el crecimiento necesario y creando nuevos puestos de trabajo estables y duraderos en sectores de la economía que parecen casi desaparecidos en las economías occidentales.

Para alcanzar este nuevo estado económico sería imprescindible crear nuevos organismos supranacionales con poder y capacidad de planificar y ordenar un crecimiento económico sostenido y sostenible, sobre las nuevas zonas de influencia económica. Eso sí, estas entidades deberán tener un poder real y una influencia decisiva sobre las políticas económicas a desarrollar en el futuro.

Por otra parte, deberíamos señalar que también será muy necesario luchar por establecer una nueva división y especialización geográfia sobre las actividades económicas mundiales y resultará de cumplimiento obligado el desarrollo de una política arancelaria que consiga proteger la producción autóctona y territorial. Este último hecho resultará absolutamente imprescindible y necesario para sustentar la futura demanda interna y los puestos de trabajo de nuestros ‘futuros consumidores’, dado que sin consumo no hay economía.

Por último, hemos de asumir que esta ‘Gran Recesión’ ha constituido un deterioro irrecuperable sobre la masa patrimonial y la masa monetaria en circulación mundial. Por lo tanto, todos debemos asumir que nuestros activos valen mucho menos de lo que actualmente parecen valer. Deberíamos aceptar desde ya, que esta crisis tan sólo se puede solventar quitando deuda y creando capital. Es decir, diluyendo capital y, por supuesto, también el nuestro.

Por desgracia, la crisis acaba de comenzar. Hasta el momento hemos vivido un calentamiento que nos ha permitido conocer los movimientos que se pueden producir. Llego la hora de las quitas de dueda mastodónticas, la implantación de impuestos absolutamente improductivos y de la emisión ingente de capital. Es decir, comienza el empobrecimiento general de todos.
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* Daniel Alonso es director de Desarrollo de Negocio de Nordkapp.

 

Fuente  :    Valenciaplaza.com

 

 

Publicado el septiembre 20, 2011 en Análisis, Consciencia, Consumo, Control, Economía, Noticias, Nuevo Orden Mundial, Politica y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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