El racismo israelí empieza en el sistema escolar

Es posible que ganemos algunas pequeñas batallas, como las que actualmente se libran en Kiryat Malaquías y Beit Shemesh, pero seguiremos perdiendo la guerra en general que es la que no debemos perder.

Qué fácil es pararse contra el intento racista de segregar la vivienda a personas de origen etíope en Kiryat Malaquías. Qué simple es denunciar la exclusión de las mujeres de la arena pública en Beit Shemesh y Jerusalén. Qué conveniente es mostrarse sorprendido por los actos de terror perpetrados por los jóvenes religiosos sionistas que atacan a gente inocente porque no es judía.

No sólo simple, más aún, agradable y bueno. Porque después de todo, casi todo el mundo está de acuerdo. ¿Por qué casi todo el mundo? Todos ellos –desde las cabezas principales del público ultraortodoxo y religioso hasta todos los miembros de la Knesset, el Primer Ministro y los últimos miembros de la oposición-, todos están conmovidos. Todo el mundo denuncia estos actos. Esta es realmente la visión de la era mesiánica. Los hermanos vivirán juntos en unidad.

Pero la verdad es que la lucha contra estos terribles fenómenos es peligrosa. Son como paliativos en un cuerpo que ya requiere de una intervención quirúrgica para evitar que una enfermedad se propague. Se requiere una incisión profunda. Y son precisamente estas luchas justificadas las que intensifican la enfermedad y es probable que empeoren la situación.

La segregación racista en Kiryat Malaquías, la exclusión de las mujeres y otros fenómenos mencionados aquí son meros síntomas de la pérdida de la hegemonía de los valores básicos liberales, que se escribieron en el promisorio documento que nos legaron los padres fundadores del Estado, con la igualdad como referente en el encabezamiento. La verdadera lucha tiene que ver con el retorno a esos principios de manera tal que ningún grupo de la sociedad se atreva a violar o menoscabar.

Es por eso que una lucha de este tipo no debe centrarse en los abscesos que se abren aquí o allá -en Kiryat Malaquías o en Beit Shemesh- sino en el virus que es endémico en todo el cuerpo.

La responsabilidad de este virus se encuentra en muchos de los que están alzando sus voces en protesta por algunos de los síntomas que creó. Después de todo, lo que hace que posible la existencia de estos fenómenos es la educación que reciben los niños en muchas partes de Israel y que está financiada por el Estado. Esta educación les enseña que «no todos los seres humanos son iguales», que existe una diferencia sustantiva (no sólo una mera diferencia) entre los judíos y no judíos, entre mujeres y hombres, entre los judíos de ascendencia mizrahi y ashkenazí y entre los negros y los blancos – una distinción que significa que sólo uno de ellos se sentará en el volante, mientras que para los otros están reservados solo los asientos de los pasajeros.

Esa es la educación que se da en muchas corrientes de la sociedad israelí, mientras el Estado hace la vista gorda y, en muchos casos, hasta paga por ella. Hay una razón por la cual se prepara a un niño que estudió en las escuelas de corrientes religiosas sionistas en Kiryat Malakhi para firmar un acuerdo racista que excluye a las personas de origen etíope de vivir en el edificio donde él vive sin tener la necesidad de darles un apretón que ponga una mancha en sus inmaculadas manos. Él creció con la diferencia. Hay una razón por la que un joven judío se atrevería a asaltar a un árabe inocente que se le ocurre pasar delante de él. La educación que recibió le enseñó que esto era aceptable. Hay una razón por la cual un hombre ultraortodoxo no haría nada para detener a un maniático matón que escupe a una niña de 8 años. No es sólo miedo, es también la educación que recibió. Toda una generación creció con la idea de que los seres humanos no son realmente iguales.

Si queremos erradicar estas escenas atroces, debemos volver a instituir los valores liberales, con el mayor énfasis en el sistema educativo donde se imparte educación a todos los niños en todos los sectores y grupos de la sociedad israelí. Es cierto, esto significa que algunos de los socios actuales de la lucha tendrán que cruzar ciertas líneas. Pero, como se dijo, ellos han desempeñado un papel central en la comunicación de la cultura de la desigualdad, y por lo tanto, su presencia junto a nosotros en el mismo grupo de manifestantes es una señal de la esterilidad de la lucha desde el principio.

Hasta que esto suceda, hasta que el campo liberal demande una vez más la hegemonía de sus valores en todas partes, y no sólo en su patio trasero, estos fenómenos prohibidos continuarán. Es posible que ganemos algunas batallas pequeñas, como las que actualmente se libran en Kiryat Malaquías y Beit Shemesh, pero seguiremos perdiendo la guerra en general, la que no debemos perder.

 

Fuente  :  Rebelion

 

 

Publicado el enero 17, 2012 en Análisis, Consciencia, Educación, Noticias, WAKE UP y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Al igual que en muchas otras partes del mundo, la raíz del problema está en el sistema educativo y mientras eso no cambie, de muy poco valdrán “las pequeñas batallas” que se van ganando. Increíble que en pleno siglo XXI sigan sucediendo atrocidades como éstas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: