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Diamantes de sangre en Botsuana

Cuando en 1961 el Gobierno de Botsuana reconocía la Reserva Natural del Kalahari Central como el hogar ancestral de los indígenas que la habitaban desde hacía al menos 20.000 años, no tenía ni idea de que estaba cediendo -a sus dueños, eso sí- un terreno plagado de diamantes. Y desde que esta información salió a la luz en los años 80, de poco le ha servido a este pueblo ser “los hijos e hijas de los primeros seres humanos”, como ellos mismos se definen. Su propia supervivencia y la de su cultura, su estilo de vida, están en serio peligro desde entonces.

El acoso comenzó en 1986 y los primeros traslados forzosos tuvieron lugar en 1997, según explica la organización Survival Internacional en su web. “Los bosquimanos que permanecieron allí se enfrentaron a restricciones drásticas de sus derechos de caza, a torturas y al acoso constante”, afirma la ONG. A comienzos de 2002, el Gobierno intensificó este acoso destruyendo el pozo de agua de los bosquimanos, vaciando las escasas reservas de agua existentes sobre la arena y prohibiendo totalmente la caza y la recolección. Ya en 2005, con una nueva gran evacuación, prácticamente se expulsó a casi todos los bosquimanos.

“Llevamos en esta tierra más de lo que cualquiera haya estado en ningún otro sitio. Y aunque no sé leer, sé interpretar la tierra y los animales”.

Roy Sesan, líder bosquimano.

El presidente botsuano, Ian Khama, siempre ha negado la relación entre sus actuaciones contra los bosquimanos y la explotación de los diamantes. Una de las primeras explicaciones que utilizó el Ejecutivo botsuano para justificar su comportamiento fue que este pueblo “abandonó hace mucho sus prácticas tradicionales de ganarse el sustento mediante la caza y ahora constituyen un peligro para el frágil medio ambiente del Kalahari”.

Sin embargo, los bosquimanos han demostrado siempre su fe en “la armonía entre el ser humano y la naturaleza”, como se explica en el libro ‘Somos Uno. Un homenaje a los pueblos indígenas’ de Survival. Estos pueblos creen que “para que la naturaleza perdure es fundamental adoptar a largo plazo una actitud de cuidado de la Tierra”, lo que implica pensar inevitablemente en las generaciones venideras.

El propio Roy Sesana, líder bosquimano, asegura: “No estamos aquí sólo por nosotros. Nos encontramos aquí por nuestros hijos y los hijos de nuestros nietos”. Con la misma idea del cuidado del equilibrio de la naturaleza, Sesana explica que “hay que arrancar las raíces suficientes para alimentarte y dejar parte de la raíz dentro para el día de mañana, de modo que un día nuestros nietos puedan encontrarla y comer“.

El desierto del Kalahari, uno de los lugares más secos y más inhóspitos del planeta, ha sido durante milenios el hogar de este pueblo de cazadores no sólo por los cuidados severos que han impuesto a su vegetación y fauna, sino también por sus conocimientos del terreno. El jefe bosquimano recuerda: “Llevamos en esta tierra más de lo que cualquiera haya estado en ningún otro sitio. Soy un líder y, aunque no sé leer, sé interpretar la tierra y los animales, al igual que lo hacen nuestros hijos; si no fuera así, habrían muerto hace mucho tiempo”.

Lugares de muerte

Aunque, las explicaciones bosquimanas nunca han frenado al Gobierno del país. “Si le dijera a un ministro: vete de tu casa pensaría que me he vuelto loco”, afirmaba un bosquimano. Y sin embargo, expulsar a los indígenas de su propia casa -el Kalahari- ha sido exactamente lo que han hecho las autoridades botsuanas mediante prácticas restrictivas y violentas.

Desde que comenzaron hace años los desalojos masivos, los bosquimanos se desvanecen en los campamentos impuestos por las autoridades, “que ellos mismo llamaron ‘lugares de muerte’, en los que la depresión, el sida y el alcoholismo se encuentran muy extendidos”, según se asegura en la obra ‘Somos uno’.

“Yo nací con el antílope. Tenemos que seguir juntos. Mi fortaleza está en la fuerza de los animales que mi padre cazó y con los cuales mi madre me alimentó”.

Mogetse Kaboikanyo, bosquimano.